El campo urbanizado: el ecocidio infame

Carlos de Urabá
Las clases más adineradas empiezan a colonizar el campo instalándose en urbanizaciones y chalets en busca de ese paraíso perdido donde gozar de un jardín, de una parcela, de un huerto y respirar para sentirse de nuevo humanos. Se crea, entonces, la "aldea virtual" con todas las comodidades y privilegios de la ciudad. Los que vuelven no son campesinos sino ciudadanos adinerados con ansias de olvidarse de las tensiones de la gran urbe. El poseer una casa en el campo obedece a intereses capitalistas y de mercado

En los últimos 20 años la transformación del campo en España ha sido verdaderamente espectacular y hasta podemos afirmar que se trata de la mayor sufrida desde el neolítico superando con creces a la de la revolución industrial. El proceso iniciado hace tres mil años en Mesopotamia con los asentamientos urbanos tiene su culminación en la metrópoli del siglo XXI, paradigma del bienestar y la prosperidad. El mundo rural es cosa ya de un pasado remoto, del museo y apenas se ha quedado como fuente de inspiración para los autores románticos. La crisis de los modos de vida tradicionales de los años 50 y 60 del siglo XX ha sido determinante para que el campo se haya envejecido y despoblado.

El acta de defunción de la vida campesina y la cultura popular en España se firmó en el año de 1986 con el tratado de adhesión a la Comunidad Económica Europea. Se esperaba que España alcanzara en un corto espacio de tiempo un grado de progreso e industrialización sin precedentes. En parte se cumplió este vaticinio pues algunos sectores de la sociedad se vieron favorecidos por este hecho. Pero la realidad es que a España se le encomendó el papel de país de servicios, de turismo, discoteca y huerta de Europa, o sea, algo más acorde a las circunstancias.

En el año 1992 y coincidiendo con el V centenario del "descubrimiento de América" se tiró la casa por la ventana para celebrar este magno evento. Bajo el patrocinio del partido socialista obrero español en el poder; el derroche, la opulencia y los delirios de grandeza fueron exagerados. En la propaganda oficial todas las cifras macroeconómicas se dispararon. Entonces España se autoproclamó uno de los países más prósperos del planeta. Y La respuesta fue contundente: más infraestructuras, ambiciosos planes de desarrollo de las zonas más deprimidas, gigantescas obras públicas y una revolución del sector de la construcción como nunca se había conocido en toda su historia.

De inmediato miles de hectáreas de tierras de labor o de cultivo, los campos baldíos o yermos adquieren un valor inusitado y se destinan a levantar apartamentos, hoteles, condominios, parques temáticos, clubes de golf o centros comerciales. El valor del suelo y las bienes raíces se cotizan a precios exorbitantes pues la especulación es la que manda. Se remueven millones de toneladas de tierra; se construyen autopistas, trenes de alta velocidad y polígonos industriales, parques eólicos o aeropuertos. Hay que superar ese complejo de inferioridad con respecto a la Europa desarrollada. Los topos enloquecidos agujerean la tierra, con martillos mecánicos trituran las piedras y la dinamita revienta sus entrañas, violan con túneles las montañas, secan mares y ríos y no hay obstáculo que los detenga. Una costra de cemento y de ladrillos recubre la faz de la península. ¿Qué representa la naturaleza para ellos? sencillamente un escenario propicio para explotar sus intereses.

La ciudad extiende sus tentáculos hasta el infinito y no hay límites que valgan para detener su crecimiento. Para decirlo con un simple ejemplo: hay personas que viven a doscientos kilómetros y trabajan en Madrid. El tren de alta velocidad tiene la capacidad de transportarlos en una hora hasta el puesto de trabajo. Velocidad por encima de todo sin importarles la ecología o los seres humanos. Todo vale y no existe ningún impedimento en esta carrera contrarreloj que los políticos llaman "convergencia europea".

Es el triunfo definitivo de la urbe, de la polis ultramoderna sobre la vida campesina. Gracias a la ciencia y la tecnología esto es posible. La urbe representa la cuna de la civilización donde sobran las oportunidades, la educación, la salud, en fin, en su seno se halla lo que todo el mundo sueña y aspira alcanzar. ¿Y cómo quedarse al margen de estos privilegios?

La ecología humana como organismo vivo también está enferma y un síntoma es la decadencia del mundo rural que traerá como resultado su extinción. Los viejos en los hogares de jubilados juegan a las cartas o al dominó esperando un ticket sin retorno al más allá. La juventud no asume el relevo pues prefiere confinarse en la ciudad. El trabajo en el campo es muy duro y nadie quiere ser esclavo de la tierra y eso de levantarse a las cinco de la mañana y faenar hasta la caída del sol no va con ellos pues prefieren la comodidad de una oficina y disfrutar del tiempo de ocio y las vacaciones. El cerebro urbanizado y demencial apenas si recuerda su origen y el único sitio donde vibra un poco con la naturaleza es cuando hace las compras en el supermercado. Niegan sus raíces, se han disfrazado de apariencias con trajes y corbatas, perfumado el cuerpo para esconder su esencia salvaje. No saben sembrar, no sabe recoger cosechas, ni conocen los ciclos de la naturaleza. El sol, la luna o las estrellas se han convertido en un reclamo publicitario más. La debilidad de esta nueva especie es evidente: el sedentarismo y la seguridad marcan sus rasgos característicos. No aguantan la intemperie ni las duras condiciones climáticas y por eso se han aislado en una burbuja protectora. No saben lo que es el trabajo manual o la artesanía pues vivimos en la era del plástico donde todo se fabrica en serie y es desechado. Si el hombre desciende del mono, la máquina desciende del hombre. Se ha fundado una nueva civilización del placer donde el fin primordial es disfrutar antes que la entrega o el sacrificio.

La personalidad de este tipo de ciudadano está bien definida: ya no escribe, tabula en computadoras, en un teléfono o en cualquier aparato por más sencillo que este sea. La caligrafía va desapareciendo como rasgo peculiar de nuestra especie. Los niños aprenden a escribir en un ordenador que es una extensión artificial de nuestro cerebro y no saben reflexionar si no es ante las imágenes en una pantalla. Se ha endiosado la televisión y es allí donde están grabadas las señas de identidad de nuestra sociedad con todos sus dogmas de fe. Nadie puede contradecir el camino único y verdadero trazado por los gurús de la era postmoderna que amparados en la libertad y la democracia santifican el capitalismo. El prototipo a seguir es el del ciudadano cumplidor y responsable que paga impuestos para que todo funcione con eficacia y a la perfección. Ese espíritu mecanicista europeo ha aniquilado la forma de ser relajada y lúdica del Mediterráneo.

La cibernética facilita esta uniformidad o clonación cosmopolita donde como autistas los ciudadanos se pasean conectados a un PC, un MP3 o un teléfono móvil. La investigación y los avances científicos se aceleran, toda la inteligencia y el saber de millones de mentes, las más lúcidas, los mejores estudiantes, se ponen al servicio de un sistema cuyo propósito es la manipulación de la masa. Los productos caducan y deben renovarse casi a diario para satisfacer el ego de los consumidores. Somos felices en esa realidad virtual donde la llave mágica es la tarjeta de crédito que abre las puertas a nuestros caprichos. Y el golpe definitivo se da el 30 de junio del 2002 cuando comienza a circular La moneda única europea. El Euro ha desatado la euforia nacionalista y los empresarios y banqueros son los que han aprovechado esta coyuntura para elevar los intereses y encarecer el nivel de vida. Triunfa en definitiva ese régimen de usura y explotación. El nuevo imperio europeo entra a competir a nivel mundial con el dólar americano y eso representa casi una declaración de "guerra".

En la arquitectura se desvela el arquetipo del neofascismo imperante donde prima la línea recta y la rigidez cadavérica. En los edificios se dibuja una geometría castradora de cuadrados y cubos de perfecta simetría ejecutada con materiales prefabricados y fachadas de grandes vidrieras polarizadas, interiores frígidos y carcelarios de largos pasillos con celdas higiénicas y luminosas donde un ambiente artificial anula completamente nuestros instintos y desprecia la poesía y la sensualidad. ¿Qué más se puede esperar de un mundo estructurado en un orden matemático? Adonde vayas las grúas se recortan en el horizonte levantando el cielo mientras la muralla de edificios va creciendo imparable. Las otrora casas sencillas que se mimetizaban con el paisaje dan paso a palacios y castillos que ensalzan la megalomanía de sus propietarios. El patrimonio artístico de los pueblos se desprecia, la herencia o el legado milenario se borra sin compasión en un santiamén para dar paso a la nueva era.

Los arquitectos conciben la ciudad a su antojo y nos van preparando para que asumamos una actitud servil ante el poder. Por eso se elevan los rascacielos de falos metálicos o de hormigón pues al contemplarlos nos sentimos insignificantes y agachamos la cabeza. Los genios planifican nuestras vidas y crean ambientes propicios para sus propósitos. Este decorado o escenografía es cómplice de una doctrina que nos conduce al fin perverso del consumismo.

En este mundo individualista se reproducen seres supuestamente autosuficientes que no quieren renunciar a sus privilegios. Hoy en el mundo existen unos 500 millones de vehículos y para el 2020 serán 1200 millones. Nos preguntamos si las ciudades aguantarán tanta circulación, ¿qué pasará con el espacio publico? Automóvil y degradación van unidos porque la ciudad ha sido diseñada para éste en detrimento del ser humano. Además del derroche de energía y el problema de la contaminación se agudizan cada día más al crecer la metrópoli de manera caótica.

La ciudad se queda pequeña y es en los suburbios donde se concentra el proletariado, es decir, esos trabajadores fieles y disciplinados que dedican su vida a engrandecer el capitalismo. Concentrados en sus pequeñas guaridas esperan el turno para ingresar en la cadena de producción. Es el final del proceso. Los autómatas deben ser responsables pues se les exige puntualidad en el pago de sus cuotas, las facturas de fin de mes y los intereses pendientes. No hay escapatoria. Conectados a las redes de informática y telemática obedecen una señal, una luz que se enciende y se apaga, una voz que nos recuerda que nos falta una cuota en la hipoteca. Deprimente y psicológicamente desastroso: el estrés agudiza las enfermedades por las preocupaciones y el entorno opresivo. En este sentido la pobreza es específicamente urbana. En la ciudad abunda el miedo y la desconfianza, la represión policial, las cárceles y manicomios.

La agonía de la España rural ya la vaticinaban desde el siglo XIX los filósofos o escritores que dejaron su huella profética al prevenirnos sobre lo que ocurriría con ese campesinado que escapaba del yugo de la explotación señorial para emigrar a la ciudad o al extranjero y convertirse en proletariado. Pero ¿de quién es la propiedad de la tierra? A estas alturas del siglo XXI en Andalucía, por ejemplo, el 80% es propiedad de los grandes de España, los señoritos y terratenientes.

En el año 39 además la España más auténtica, la de los pueblos, la de los campesinos, perdió la guerra y una dictadura feudal los hundió en la desesperanza. Luego vinieron los años sesenta y setenta con el desarrollo que aniquiló la costa del Mediterráneo pues el turismo con sus complejos hoteleros no dejaron ni una playa virgen. Según los planificadores: para progresar hay que pagar un alto precio.

Los museos hacen su agosto con los fósiles de los abuelos y se explota la nostalgia pues da muy buenos dividendos. Hay que sacarle el jugo a esa historia tan sentimental de los campesinos y su folklore, las tradiciones y costumbres; con esos vestidos de antaño, y esos rostros arrugados y curtidos por el sol y esas manos deformes que los hacen aún más primitivos. Pura arqueología: el esparto, el barro, las piedras, las cañas, el cuero o la madera. La mutación se ha consumado y el gen urbano es el dominante. La fuente donde nace el arte popular y las raíces de una nación se ha secado. Ayer con su yunta de bueyes el campesino cantaba y creaba poesía, hoy en un tractor con aire acondicionado un autómata recoge la cosecha aislado en su cabina escuchando el karaoke de moda. Ya nadie canta en lo campos, los campos se han marchitado, los cantores se han extinguido igual que muchas especies también ellos han desaparecido.

Como quien prostituye una hija; los cortijos, fincas o parcelas propiedad de los campesinos o "catetos" fueron rematados al mejor postor. El campo significa lo arcaico y lo importante es tener una buena cuenta corriente en el banco. Los ignorantes venden el patrimonio familiar de generaciones para comprarse un Mercedes Benz y un piso en la capital. Regalaron la tierra a los extranjeros, a esos ciudadanos que cercan sus propiedades con alambre de púas, cierran los caminos y ponen letreros de "Prohibido el paso. Propiedad Privada" " perro bravo" o contratan un guardia jurado con una escopeta y dormir en paz. Tranquilos las leyes amparan al individuo y la propiedad privada por encima del bien común. Un egocentrismo atroz ha carcomido el alma del pueblo que como nuevos ricos se han vuelto avaros y pretenciosos. Ahora sus hijos servirán en las fábricas o tal vez con suerte sean funcionarios en algún ministerio. El sur de Europa, el Mediterráneo, es el objetivo primordial de la pequeña burguesía europea ávida de sol y playa.

A finales del siglo XX una nueva ola de emigrantes provenientes de todos los rincones del planeta llega a suplir el déficit de mano de obra. Ellos son los nuevos campesinos, son los nuevos peones y gañanes, los nuevos temporeros que producirán grandes beneficios a los empresarios. Los inmigrantes son los impulsores del tan mentado "milagro español", del renacer económico del campo que en algunas regiones gracias a las exportaciones deja millonarias regalías. Los siervos aumentan la producción a un bajo coste aunque la tierra se quede estéril al quemarla con tantos agroquímicos y pesticidas. Lo principal es que trabajen a destajo y recojan la cosecha en tiempo record, que produzcan, que hagan horas extras, como indocumentados, mejor, pues eleva la plusvalía y se le resta un porcentaje de ganancias a la seguridad social. Se precisan más camareros que atiendan los restaurantes, más sirvientas en los hoteles, más prostitutas sudamericanas o de los países del este en los clubes de carretera, más negros para el Maresme y más moros en el Ejido o en el campo de Murcia, más ecuatorianos en Huelva y, los que sobren, para las obras publicas o la industria de la construcción porque así lo exige la ley de la oferta y la demanda. Y sin olvidarnos del primer mandamiento: santificar el trabajo. De la casa a la fábrica o al campo, es igual y luego a descansar unas horas frente al televisor para mañana temprano frescos rendir al máximo. Este es el futuro que nos espera: una generación de seres fríos y calculadores, con un pensamiento pragmático que los glorifique.

En los países europeos la población activa agraria representa el 9% del total y los patrones de comportamiento son similares al urbano. La agricultura en una alta proporción está mecanizada y se ha convertido en una actividad empresarial con fuertes aportaciones en capital. Hoy es imposible diferenciar en Europa una sociedad urbana de una rural. La ciudad ha absorbido el campo. La civilización post-industrial necesita un escape, una calidad de vida distinta, un regreso a la naturaleza pues todo el mundo quiere huir de la polución, de los ruidos, la delincuencia y los innumerables peligros que nos acechan. Las clases más adineradas empiezan a colonizar el campo instalándose en urbanizaciones y chalets en busca de ese paraíso perdido donde gozar de un jardín, de una parcela, de un huerto y respirar para sentirse de nuevo humanos. Se crea, entonces, la "aldea virtual" con todas las comodidades y privilegios de la ciudad. Los que vuelven no son campesinos sino ciudadanos adinerados con ansias de olvidarse de las tensiones de la gran urbe. El poseer una casa en el campo obedece a intereses capitalistas y de mercado.

En España el ideal es vivir en un chalet pero cerca de una autopista que lo comunique a uno rápidamente con los grandes centros comerciales o la capital. Las urbanizaciones privadas están de moda y las inmobiliarias las publicitan a todo dar a lo largo y ancho de la geografía. El campo otrora atrasado y aburrido se ha convertido en el sitio idílico al que todos queremos regresar, pero, eso si, como es de imaginar, en un gran coche y con todas las ventajas de la ciudad. De ahí el éxito de la "aldea virtual" y el increíble negocio de la urbanización del campo y por ende su aburguesamiento.

2006. Bogotá-Colombia

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